Y se asombraron
en gran manera, diciendo: Todo lo ha hecho bien; aun a los sordos hace oír y a
los mudos hablar.
(Marcos 7:37
LBLA)
Sin duda Jesús es un maestro de
excelencia: todo lo que hace lo hace bien y deja a todos asombrados. Pero ¿Cuál
es su secreto para hacer todas las cosas bien? Estamos hablando de un hombre
que no tenía agenda, secretaria, ordenador, ni tan si quiera un cuaderno para
hacer una lista de quehaceres. Sin horario, ni calendario y sin embargo todo lo
hacía a su debido tiempo. De hecho, resulta increíble que en tan sólo tres años
de ministerio cumpliera todas y cada una de las cosas que se había propuesto.
Segundo antes de morir lo último que
dijo fue: “consumado es”, es decir todo se hizo, todo se cumplió, no quedó ni
un punto por añadir a su misión.
Yo creo sinceramente que el secreto de su
excelencia está en el orden de sus prioridades y la claridad de lo que vino a
hacer. Jesús siempre puso al reino de los cielos antes que nada, es decir puso
una causa mayor que él mismo al frente, siempre dio honor a su Padre antes que
a sí mismo. Jesús no vino a hacerse un nombre, ni a ocupar las vitrinas de los
salones de la fama, vino con un propósito claro; salvar vidas sirviendo,
enseñando y sanando. Teniendo ese norte claro no quitó el dedo del renglón en
sus tres años de ministerio. Día y noche esos principios estaban grabados en su
frente: servir, enseñar, sanar, salvar.
Si como maestros todos tuviéramos esos principios
firmes y establecidos en nuestra conciencia la educación sería otra muy
diferente, el mundo sería muy diferente. El servicio, la enseñanza auténtica
sería los medios de transformación de nuestras generaciones futuras. Esa
entrega desapegada, desinteresada, altruista de Jesús a su ministerio era lo que
fascinaba a las personas a su alrededor. Nunca habían visto nada igual. Estaban
acostumbrados a ver a los fariseos que gustaban de ser vistos en el templo con
sus ropas elegantes y con sus ornamentos. A ellos les gustaba ser llamados “rabí”
(maestro) y ser respetados en toda la ciudad. Gustaban de ser invitados a los
banquetes y celebraciones, predicar en las sinagogas y ser vistos y
considerados en la jerarquía social. Pero a Jesús nada de eso le importaba. A
Jesús sólo le movían la compasión, la gracia, la sanación y la salvación de más
almas.
Ya no necesitamos leer más libros de
excelencia, ni de eficiencia o eficacia, con todo mi respeto a los autores de
este tipo de género. No necesito saber los siete pasos parar ser un maestro
excelente, ni los ocho trucos para ganarme a mis alumnos. Todo lo que necesito
es tener siempre fresco en mi memoria mi misión: servir, enseñar, sanar,
transformar. Poner siempre la educación por encima de mi nombre, el interés por
mis estudiantes como norte de hacia dónde se dirige el curso de mi clase. Cuando
pones las cosas en su sitio y das lo que tienes en aquello que haces no
necesitas estudiar ningún método ni empeñarte en hacer las cosas bien, pues
aquello que haces lo haces con gracia, con excelencia y en última instancia por
amor a tu prójimo.
Sigamos hoy más que nunca el modelo de
Jesús, seamos maestros desapegados de la fama o el nombre, pongamos lo que va
primero en primer lugar y dediquémonos a servir como lo hizo él.

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