Friday, April 11, 2014


Y se asombraron en gran manera, diciendo: Todo lo ha hecho bien; aun a los sordos hace oír y a los mudos hablar.

(Marcos 7:37 LBLA)

Sin duda Jesús es un maestro de excelencia: todo lo que hace lo hace bien y deja a todos asombrados. Pero ¿Cuál es su secreto para hacer todas las cosas bien? Estamos hablando de un hombre que no tenía agenda, secretaria, ordenador, ni tan si quiera un cuaderno para hacer una lista de quehaceres. Sin horario, ni calendario y sin embargo todo lo hacía a su debido tiempo. De hecho, resulta increíble que en tan sólo tres años de ministerio cumpliera todas y cada una de las cosas que se había propuesto. Segundo antes de morir  lo último que dijo fue: “consumado es”, es decir todo se hizo, todo se cumplió, no quedó ni un punto por añadir a su misión.

Yo creo sinceramente que el secreto de su excelencia está en el orden de sus prioridades y la claridad de lo que vino a hacer. Jesús siempre puso al reino de los cielos antes que nada, es decir puso una causa mayor que él mismo al frente, siempre dio honor a su Padre antes que a sí mismo. Jesús no vino a hacerse un nombre, ni a ocupar las vitrinas de los salones de la fama, vino con un propósito claro; salvar vidas sirviendo, enseñando y sanando. Teniendo ese norte claro no quitó el dedo del renglón en sus tres años de ministerio. Día y noche esos principios estaban grabados en su frente: servir, enseñar, sanar, salvar.

Si como maestros todos tuviéramos esos principios firmes y establecidos en nuestra conciencia la educación sería otra muy diferente, el mundo sería muy diferente. El servicio, la enseñanza auténtica sería los medios de transformación de nuestras generaciones futuras. Esa entrega desapegada, desinteresada, altruista de Jesús a su ministerio era lo que fascinaba a las personas a su alrededor. Nunca habían visto nada igual. Estaban acostumbrados a ver a los fariseos que gustaban de ser vistos en el templo con sus ropas elegantes y con sus ornamentos. A ellos les gustaba ser llamados “rabí” (maestro) y ser respetados en toda la ciudad. Gustaban de ser invitados a los banquetes y celebraciones, predicar en las sinagogas y ser vistos y considerados en la jerarquía social. Pero a Jesús nada de eso le importaba. A Jesús sólo le movían la compasión, la gracia, la sanación y la salvación de más almas.

Ya no necesitamos leer más libros de excelencia, ni de eficiencia o eficacia, con todo mi respeto a los autores de este tipo de género. No necesito saber los siete pasos parar ser un maestro excelente, ni los ocho trucos para ganarme a mis alumnos. Todo lo que necesito es tener siempre fresco en mi memoria mi misión: servir, enseñar, sanar, transformar. Poner siempre la educación por encima de mi nombre, el interés por mis estudiantes como norte de hacia dónde se dirige el curso de mi clase. Cuando pones las cosas en su sitio y das lo que tienes en aquello que haces no necesitas estudiar ningún método ni empeñarte en hacer las cosas bien, pues aquello que haces lo haces con gracia, con excelencia y en última instancia por amor a tu prójimo.

Sigamos hoy más que nunca el modelo de Jesús, seamos maestros desapegados de la fama o el nombre, pongamos lo que va primero en primer lugar y dediquémonos a servir como lo hizo él.

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