Monday, April 28, 2014

Convertirse en el milagro que otros necesitan


 
En una de las aldeas, Jesús conoció a un hombre que tenía una lepra muy avanzada. Cuando el hombre vio a Jesús, se inclinó rostro en tierra y le suplicó que lo sanara. -¡Señor!- le dijo, ¡si tú quieres, puedes sanarme y dejarme limpio! Jesús extendió la mano y lo tocó: -Sí quiero- dijo-. ¡Queda sano!

(Lucas 5: 12-13 NVT)

Seguramente aquel hombre había pasado años sin recibir contacto humano. Su avanzada lepra le había separado del mundo. La gente lo veía y se apartaba. Probablemente hasta tuvo que separarse de su familia, por su propio bien. Atormentado acudió a Jesús como último recurso. Tal vez esperaba que Jesús dijera las palabras, o que le salpicara con agua sagrada. Pero en lugar de eso Jesús estiró su mano y lo tocó. Aquel contacto humano fue lo que sano a este hombre. Eso era lo que realmente necesitaba y anhelaba, la compasión y el amor de otra persona, que a pesar de conocer su avanzada enfermedad, quisiera mostrarle su afecto.

Como el leproso hay niños a nuestro alrededor que se sienten aislados, perdidos, confundidos. En la época en la que vivimos, incluso los padres pierden la noción de lo que es realmente esencial y pasan su tiempo con sus teléfonos o sus ordenadores. La realidad familiar que eso genera son corazones sedientos de afecto auténtico, contacto humano, interés incondicional. Si cómo Jesús extendemos nuestra mano a aquellos que más lo necesitan sucederán milagros como éste que relata el versículo de Lucas. Si somos sensibles a nuestro entorno podremos detectar esas necesidades. Pero si sólo estamos pendientes de nuestra agenda, nuestras necesidades y nuestro tiempo, terminaremos siendo como otro modelo más de adulto robotizado que no es capaz de percibir la necesidad inherente al ser humano de afecto, cariño y atención.

El pastor Joel Osteen compartía una historia maravillosa. Dos bebés gemelos nacieron prematuros. Uno de ellos nació con un estado de salud muy frágil. Ambos estaban en la incubadora. Las constantes vitales de este bebé eran preocupantes. El bebé que nació con una salud más fuerte, inconscientemente alzó su brazo y rodeó a su hermano. El calor que éste produjo en el cuerpo del bebé enfermo ayudó a que sus constantes vitales comenzaran a normalizarse. El hospital tomó una instantánea del momento y llamarón a la foto “el abrazo del rescate”.

Estemos hoy alerta de las necesidades a nuestro alrededor. Seamos sensibles a los jóvenes que anhelan ser comprendidos o escuchados. Recordemos el poder del contacto físico, una mano en el hombro, una palmada de ánimo o un afectuoso saludo pueden no significa nada para nosotros, pero el mundo para el que lo recibe.

Wednesday, April 23, 2014

De nada sirve preocuparse


 
¿Acaso con todas sus preocupaciones pueden añadir un solo momento a su vida?

(Mateo 6:27 NTV)

Pre-ocuparse es ocuparse de algo antes de su debido tiempo. Es decir, es tener nuestra mente dividida entre el ahora y algo que está por llegar, pero no perteneciente al ahora. Preocuparse también tiene la connotación negativa de estresarse, sufrir, anticipar un resultado negativo y trabajar mentalmente para tratar de resolverlo.

En ese estado mental el maestro no puede hacer lo realmente importante de la enseñanza: estar presente en el proceso de acompañamiento de sus estudiantes. Una mente saturada es una mente inquieta y la mayoría del tiempo desenfocada. Al preocuparnos no percibimos claramente lo que sucede a nuestro alrededor, no detectamos las señas que nos pueden indicar la necesidad ajena. Jesús nos dice que pongamos a un lado todos esos pensamientos, que seamos disciplinados en limpiar nuestra mente y que vivamos nuestro día a día con una presencia consciente.

Como maestros muchas veces vivimos consumidos por miles de pensamientos que bombardean nuestra mente. Un maestro ejerce muchos papeles: administrador, planificador, ejecutor, pedagogo, consejero, mentor…entre otros muchos. Luego tenemos una vida fuera de la escuela, en la cual somos padres, esposos, hijos, hermanos, amigos…y una larga lista. Todos esos papeles conllevan obligaciones, responsabilidades y cosas pendientes. Si no aprendemos a vivir en el momento presente y honrar el papel que estamos desarrollando terminamos mezclándolo todo.

Nuestro día está lleno de decisiones que tomar, una larga lista de cosas que hacer (unas pendientes, otras urgentes, unas a largo plazo y otras a medio o corto). No existe una forma de ser eficiente más que estando presente, hacer lo que necesitas hacer sin querer estar en ningún otro lugar que no sea ahora.

Para ello es esencial crear un ambiente de paz en tu día a día. Yo, por ejemplo, trato de levantarme temprano siempre, orar, leer las escrituras, escuchar música que me inspire y me edifique. Llego al trabajo una hora y media, a veces dos horas antes del inicio de las clases. Lo cierto es que no necesito llegar tan temprano, pero a mí me gusta. Preparo mi día en silencio o con música de fondo que me relaje, ordeno mis pensamientos, alineo mis sentimientos a la atmosfera de paz con la que desperté y a partir de ahí todas las decisiones que tomo a lo largo del día son un resultado de esa atmosfera de paz que creé por la mañana.

Jesús nos anima a que vivamos en ese estado de conciencia de paz interior en la cual somos mucho más eficientes, pues existen menos voces interiores luchando por ser atendidas primero. Creando ese ambiente de paz, es fácil distinguir cual es la necesidad emergente del momento, la cual atendemos con completa presencia, ya sea preparación, atención, escucha o acompañamiento personal. Nuestra mente, corazón y presencia están completamente involucrados en aquello que hacemos, sin división, sin distracción, sin condiciones.  

Wednesday, April 16, 2014

Dejad que los niños se acerquen a mí


 
Y le traían niños para que los tocara; y los discípulos los reprendieron. Pero cuendo Jesús vio esto, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios. En verdad os digo: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en sus brazos, los bendecía, poniendo las manos sobre ellos.

(Marcos 10:13-14 LBLA)

Jesús tenía realmente un corazón de maestro. Si hay algo que le gustaba era estar rodeado de niños.  En ellos Jesús veía pureza, inocencia, alegría y receptividad para recibir el mensaje que gracia que traía al mundo. El maestro de corazón siente alegría genuina de estar rodeado de niños, porque no sólo es parte de su profesión, sino que es gran parte de su vida. Sin embargo, hay personas que entran a la profesión de maestros teniendo casi fobia a estar con niños. Nada más que disfrutan sus momentos a solas en su oficina corrigiendo en la paz y la tranquilidad de la soledad.

Jesús nos enseña que un maestro de corazón es aquel que disfruta de la presencia de la gente, que sabe vivir rodeado de personas, perfectas o imperfectas. Sus enseñanzas nos muestran cómo amar a los que son difíciles de amar, como perdonar aunque a veces no entendamos a los que nos ofenden, a tratar a los demás igual que nos gustaría ser tratados a nosotros. La mayoría de las enseñanzas de Jesús son horizontales, es decir, para ayudarnos a relacionarnos mejor con nuestros semejantes. Sin embargo aquí da una clave muy interesante de sus enseñanzas verticales, es decir aquellas que nos unen a lo divino. Jesús dice que solamente aquellos que tengan corazón de niño podrán entrar en el reino de Dios. En otras palabras, tan sólo aquellos adultos que se despojen de su dureza de corazón emocional y abracen la inocencia, la pureza y la transparencia de un niño entenderán el mensaje completo de sus enseñanzas.

¿Cómo puede un maestro amar más a los niños? Volviéndose él mismo como uno de esos niños. El maestro que nunca deja de ser un niño de corazón puro y limpio, no puede entenderlos y por lo tanto no anhela estar rodeado de ellos. Convertirse en niño implica dejar todos los prejuicios, las ideas preconcebidas, nuestras leyes y regulaciones estrictas, nuestra demanda de ser respetados por nuestros galones. En lugar de eso, convertirse en niño supone tener el valor de ser quien eres realmente, mostrarte vulnerable y transparente con tus estudiantes.

Sigamos hoy el modelo de Jesús, siendo maestros que disfrutamos de la presencia de nuestros estudiantes, estando presente en cada momento del día, dejando que se acerquen a nosotros para escucharlos, bendecirlos con nuestras palabras de ánimo y acompañarlos en su camino.

Friday, April 11, 2014


Y se asombraron en gran manera, diciendo: Todo lo ha hecho bien; aun a los sordos hace oír y a los mudos hablar.

(Marcos 7:37 LBLA)

Sin duda Jesús es un maestro de excelencia: todo lo que hace lo hace bien y deja a todos asombrados. Pero ¿Cuál es su secreto para hacer todas las cosas bien? Estamos hablando de un hombre que no tenía agenda, secretaria, ordenador, ni tan si quiera un cuaderno para hacer una lista de quehaceres. Sin horario, ni calendario y sin embargo todo lo hacía a su debido tiempo. De hecho, resulta increíble que en tan sólo tres años de ministerio cumpliera todas y cada una de las cosas que se había propuesto. Segundo antes de morir  lo último que dijo fue: “consumado es”, es decir todo se hizo, todo se cumplió, no quedó ni un punto por añadir a su misión.

Yo creo sinceramente que el secreto de su excelencia está en el orden de sus prioridades y la claridad de lo que vino a hacer. Jesús siempre puso al reino de los cielos antes que nada, es decir puso una causa mayor que él mismo al frente, siempre dio honor a su Padre antes que a sí mismo. Jesús no vino a hacerse un nombre, ni a ocupar las vitrinas de los salones de la fama, vino con un propósito claro; salvar vidas sirviendo, enseñando y sanando. Teniendo ese norte claro no quitó el dedo del renglón en sus tres años de ministerio. Día y noche esos principios estaban grabados en su frente: servir, enseñar, sanar, salvar.

Si como maestros todos tuviéramos esos principios firmes y establecidos en nuestra conciencia la educación sería otra muy diferente, el mundo sería muy diferente. El servicio, la enseñanza auténtica sería los medios de transformación de nuestras generaciones futuras. Esa entrega desapegada, desinteresada, altruista de Jesús a su ministerio era lo que fascinaba a las personas a su alrededor. Nunca habían visto nada igual. Estaban acostumbrados a ver a los fariseos que gustaban de ser vistos en el templo con sus ropas elegantes y con sus ornamentos. A ellos les gustaba ser llamados “rabí” (maestro) y ser respetados en toda la ciudad. Gustaban de ser invitados a los banquetes y celebraciones, predicar en las sinagogas y ser vistos y considerados en la jerarquía social. Pero a Jesús nada de eso le importaba. A Jesús sólo le movían la compasión, la gracia, la sanación y la salvación de más almas.

Ya no necesitamos leer más libros de excelencia, ni de eficiencia o eficacia, con todo mi respeto a los autores de este tipo de género. No necesito saber los siete pasos parar ser un maestro excelente, ni los ocho trucos para ganarme a mis alumnos. Todo lo que necesito es tener siempre fresco en mi memoria mi misión: servir, enseñar, sanar, transformar. Poner siempre la educación por encima de mi nombre, el interés por mis estudiantes como norte de hacia dónde se dirige el curso de mi clase. Cuando pones las cosas en su sitio y das lo que tienes en aquello que haces no necesitas estudiar ningún método ni empeñarte en hacer las cosas bien, pues aquello que haces lo haces con gracia, con excelencia y en última instancia por amor a tu prójimo.

Sigamos hoy más que nunca el modelo de Jesús, seamos maestros desapegados de la fama o el nombre, pongamos lo que va primero en primer lugar y dediquémonos a servir como lo hizo él.

Otorgar el regalo de la no condenacion produce un impacto mayor que juzgar con la vara de la ley


 


Pero Jesús se fue al Monte de los Olivos. Y al amanecer, vino otra vez al templo, y todo el pueblo venía a Él; y sentándose les enseñaba. Los escribas y los fariseos trajeron una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndole en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. Y en la ley, Moisés nos ordenó apedrear  a esta clase de mujeres; ¿tú, pues qué dices? Decían esto, probándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús se inclinó y con el dedo escribía en la tierra. Pero como insistían en preguntarle, Jesús se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Pero al oír ellos esto, se fueron retirando uno a uno comenzando por los mayores de edad, y dejaron solo a Jesús  y a la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿Dónde están ellos? ¿ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más.

(Juan 8: 1-11 LBLA)

Muchas veces traemos prejuicios que proyectamos sobre las personas a nuestro al rededor. Es algo que hacemos inconscientemente. Cuando lo hacemos sentimos que nosotros estamos en lo correcto y los otros no, porque tenemos argumentos, porque hemos oído lo que ha pasado, porque la persona a la que juzgamos ha cruzado la línea y ha hecho algo indebido.  Nos disponemos, entonces como el grupo de fariseos a descargar nuestras piedras sobre la víctima por el justo precio que ha de pagar. “Copió en el examen” o “ofendió gravemente a este maestro” o “rompió el código de honor”.

Hace falta un maestro de la ley para  ejecutar la ley, pero hace falta un maestro de corazón para otorgar el regalo de la no condenación. No es que la mujer no fuera culpable, sino que a pesar de serlo Jesús, siendo el único capaz de condenarla no lo hizo. En su lugar decidió no juzgarla, perdonarla, redimirla y animarla a dejar de pecar. La ley no podía darle una segunda oportunidad, de hecho la hubieran apedreado allí mismo para deshonra suya y de su familia. Sin embargo, la gracia le dio una segunda oportunidad, la cual yo creo honestamente causó un impacto transformador en su vida.

Todavía lo recuerdo como si fuera ayer, yo era un joven inocente, bien intencionado, pero con un serio problema de impulsividad. Un día, mi maestro de diseño me dijo que me lavase las manos a lo que toda la clase se rio de mí. Me sentí hervir por dentro, me levanté y le dije en voz alta que se lavase él la lengua. Se hizo un silencio sepulcral. Acto seguido, me llevó ante el director donde se encontraban el subdirector y otros tres maestros. Mi maestro de diseño me lanzó a la sala explicando lo que había sucedido. Inmediatamente el Director reaccionó: “¡cómo no!, eres igual que tus hermanos. ¿Te crees superior a los demás no?” Nada de lo que estaba diciendo sobre mí era cierto. Estaba proyectando experiencias que había tenido con mis hermanos mayores. Yo estaba asustado, confundido y todavía no era consciente de lo que estaba pasando. Intenté explicarme, pero una y otra vez me interrumpía con ataques sobre mis fallas. Miré  alrededor de la oficina y encontré el rostro de mi querida maestra Pepa Rico. Ella tenía los ojos llorosos de verme en aquella situación. Entonces Pepa intervino “Yo conozco muy bien a Javi y sé que él no diría eso en una situación normal. Sin duda ha sido un evento aislado y desafortunado ¿Verdad Javi? Me dijo, dulcemente. “Si, así es” dije yo. Pedí disculpas a mi maestro y el director dejó de hostigarme.

Pepa me dio el regalo de la no condenación y de la compasión. Ese evento causó en mi mucho más impacto  de lo que lo hubiera hecho la condenación proveniente del juicio que ya se habían hecho los otros maestros. Miremos a nuestros estudiantes con ojos de compasión, practiquemos el dar el regalo de la no condenación para ver vidas transformase, corazones nuevos y sinceramente dispuestos a hacer el bien. Sigamos hoy el modelo de Jesús.

 

Wednesday, April 9, 2014

La importancia de la enseñanza vivencial


 
El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer la Pascua? Y El respondió: Id a la ciudad, a cierto hombre, y decidle: “El Maestro dice: “Mi tiempo está cerca; quiero celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos,” Entonces los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba El sentado a la mesa con los doce.

(Mateo 26: 17-20 LBLA)

Lo que sucede aquella noche durante la última cena con El Maestro cambiaría el curso de sus vidas. Jesús escogió cuidadosamente el escenario para enseñar sus más valiosas lecciones. Primero, se humilló ante ellos lavándoles los pies para demostrarles que el su verdadera misión es venir a servir, y no a ser servido. Luego, les advirtió de los corazones corruptos y reveló que uno de los discípulos le traicionaría. Más tarde, anunció su muerte y les enseñó como rememorarlo haciendo la comunión partiendo el pan y veviendo el vino. Les dio palabras de aliento y esperanza y finalmente los instó a amarse los unos a los otros para que todos reconocieran que era discípulos suyos.

Sin duda, Jesús sabía que tenía pendientes esas valiosas lecciones, sin embargo no se precipitó y espero al momento precioso, con el escenario oportuno, y de la manera más efectiva. Las lecciones que derramó Jesús aquella noche quedaron por siempre grabadas en los corazones de sus discípulos: este principio pedagógico se llama aprendizaje vivencial. Es decir, elegir un escenario y un momento preciso para enseñar algo, de manera que su contenido se magnifica y se graba en la memoria del estudiante.

En las escrituras apenas si se describe a Jesús en un salón de clase enseñando, algunas veces está en sinagogas, pero la mayoría del tiempo El Maestro elige la naturaleza para dar lecciones inolvidables a sus seguidores. El sermón de la montaña, la transfiguración, la declaración de Pedro, la mujer que iba a ser juzgada por adulterio, el mensaje desde la barca…todas y cada una de esas lecciones enraizadas en el aprendizaje vivencial cambiaron la vida de sus oyentes para siempre.

Como maestros, nosotros estamos limitados a usar nuestra aula la mayor parte del tiempo, sin embargo si podemos elegir romper esa rutina para captar la atención de nuestros estudiantes. Sacarlos afuera un hermoso día de primavera para hablarles de algo importante o significativo. Llevarlos a un museo y allí enseñarles sobre arte. En la película "La Lengua de las Mariposas" el maestro Don Gregorio saca a su clase de ciencias durante la primavera a estudair la vida de los insectos. Allí, los niños aprenden todo tipo de lecciones sobre la naturaleza que los rodea. Uno de los estudiantes, el pequeño Moncho, se convierte en un discípulo. Es decir, tanto disfruta de las enseñanzas de Don Gregorio que se hacen íntimos amigos y le pide que le enseñe más sobre la naturaleza y la vida.
En mi caso, yo organicé un intercambio a España, donde una vez allí pude enseñarles de primera mano a mis estudiantes sobre la cultura, la historia y la lengua. Los estudiantes que toman parte en una de esas experiencias cambian su actitud a la materia de por vida. Llegan a clase con otra actitud, con una motivación diferente. Y todo se debe al hecho de que preparamos concienzudamente un escenario, un tiempo y una manera muy especial de enseñar una lección.

Tuesday, April 8, 2014

El poder de las historias en la enseñanza


 
Comenzó a enseñar de nuevo junto al mar; y llegó a Él una multitud tan grande que tuve que subirse a una barca que estaba en el mar, y se sentó; y toda la multitud estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba en parábolas; y les decía en su enseñanza:

(Marcos 4:1-2 LBLA)

¡Qué imagen tan hermosa! Jesús el maestro, rodeado de gente sedienta de escuchar sus dulces enseñanzas. Pero ¿Cómo podía hacerlo? ¿Cómo lo hacía Jesús para tener a su audiencia embelesada? Pareciera que no podían dejar de escucharlo, no se cansaban de oír sus enseñanzas. La clave está en sus historias. Como buen maestro Jesús conocía el poder de las parábolas y las usaba para describir el reino de los cielos. La gente no quería escuchar más de la ley, ni de la historia del pueblo israelita, anhelaba oír historias con las que se pudieran identificar y que les hicieran reflexionar profundamente sobre sus propias vidas. Estos son los motivos de por qué un buen maestro debe incorporar historias a sus enseñanzas:

a)    Las historias atraen la atención de tu público; aún recuerdo cuando iba a Lorca a visitar a mis abuelos. Mi abuelo Mariano siempre nos reunía a todos los nietos y nos contaba historia de la guerra. Hipnotizados escuchábamos cada una de sus anécdotas, sin tan si quiera pestañear.

b)   Las historias explican conceptos abstractos y los convierten en ideas simples; recuerdo que un verano mi hermano Jesús me estaba dando clases de física. Como veía que yo no captaba las ideas comenzaba a darme ejemplos graciosos. La fuerza de la gravedad era un chorizo y la distancia era una lechuga. Yo me reía mucho, y me metía en la explicación, hasta el punto que lograba entender mucho mejor las nociones bajo ese nuevo prisma.

c)    Las historias (especialmente las parábolas por ser abiertas a interpretación) están codificadas para que solamente aquellos que desean saber más continúen indagando hasta hallar el significado de la misma; Cuando Jesús contaba parábolas, no todo el mundo las entendía, entonces sus propios discípulos le preguntaban para que su maestros le desevelase los misterios que escondían. En otras palabras, los cuentos siembran una semilla o un deseo de saber más y de indagar en la historia.

d)   Las historias son enseñanzas que quedan grabadas de por vida; siempre recordaré las historias de mi abuelo, tengo cada una de ellas grabadas en mi memoria. Igualmente, las historias que he aprendido que me han impactado son parte de quién soy. Estas historias las comparto o las cuento cuando siento que pueden ayudar a otra persona.


Un día un estudiante al que yo aprecio mucho copió en su tarea. Yo lo sabía, pero no sabía cómo abordar el tema. En privado me senté con él al aire libre y le dije “me gustaría contarte una historia: En una empresa había un joven muy emprendedor, trabajador y energético que trabajaba con tanto entusiasmo que llegó a oídos del Director de la empresa. Este hombre estaba buscando un vicepresidente y tan buenos fueron los comentarios que había escuchado que decidió entrevistarse con el joven para ver si era la persona idónea para el puesto. Quedaron para cenar y todo fue sobre ruedas. El Director quedó gratamente impresionado con la visión, el entusiasmo, la franqueza y disposición de aquel joven. Al terminar la cena los dos salieron del restaurante, primero el Director y detrás el joven, el cual se fijó en una mesa con saleros y pimenteros artesanales muy hermosos. El joven coleccionaba piezas artesanales y no pudo evitar agarrar uno de los saleros y metérselo al bolsillo. Lo que no sabía es que el Director le había visto con el rabillo del ojo. Sin decir nada, los dos salieron del restaurante. Al día siguiente, el joven se encontró con una carta de despido en su buzón”. Mi estudiante me miró y con los ojos lagrimosos me dijo “lo siento Señor, hice mal al copiar, es que tenía mucho que hacer y no sabía cómo podía terminar a tiempo”. Yo le dije: “Te entiendo perfectamente. Todos estamos bajo presión. Pero esto que te sucedió era una lección para probar tu carácter. Si fallas en las cosas pequeñas, ¿cómo podrán darte las cosas grandes? No se trata de mi asignatura, sino de que siempre seas una persona de excelencia. Yo deseo que llegues muy alto, pero para eso tienes que ser fiel en lo poco. ¿Entiendes?”.

Usemos historias para modelar, para ilustrar, para corregir, para inspirar o para ampliar el entendimiento de nuestros estudiantes tal y como lo hizo Jesús.

Monday, April 7, 2014

el maestro de corazón viene a sanar a los que estan enfermos


 
Y los fariseos y los escribas se quejaban a los discípulos de Jesús, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con los recaudadores de impuestos y con los pecadores? Respondiendo Jesús les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos.

(Lucas 5:30-31 LBLA)

El maestro de corazón viene a ayudar precisamente a aquellos que no pueden ayudarse por sí mismos, aquellos que más necesitan una guía, una mano amiga. Los buenos estudiantes también necesitan a su maestro, sin embargo estos son más independientes, pues tienen la motivación, la visión y las capacidades para triunfar en sus estudios. Sin embargo, el mundo de la educación parece tener los valores a la inversa. Los maestros favorecen a los estudiantes que hacen todo bien y menosprecian a los que no entienden las cosas. Alaban al que entrega todas sus tareas y castigan a los que consistentemente faltan a sus obligaciones.

Tristemente, he escuchado a muchos maestros decir “yo explico mi lección y no me importan si prestan o no prestan atención, en tanto no me molesten. Ahora si luego los que han estado distraídos me preguntan obviamente no se lo voy a explicar otra vez, pues deberían haber escuchado en su momento. Si pasan la prueba es cosas suya no mía”. Este comentario, entristeció mi corazón, pues entiendo que es una postura bastante extendida. Pero Jesús no viene a enseñar a aquellos que son justos o piensan que lo son, sino a aquellos que son pecadores y saben que lo son. En otras palabras, como maestros nosotros no venimos a ayudar a los que son buenos o los que piensan que lo son, sino los que tienen carencias, y saben que es así.

Como estudiante de secundaria era un chico desmotivado por aprender, no tenía aliciente pues nunca contemplé la idea de estudiar en la universidad. Sólo quería salir del trámite. Me pasaba los días de clase dibujando y soñando con ser futbolista. Por las tardes nunca hacía mi tarea, pues jugaba al fútbol con mis amigos hasta que se hacía de noche. Pero llegaron dos maestros (Pepa Rico y Antonio Matás) que vieron potencial en mí y comenzaron a animarme y a resaltar mis talentos. A pesar de mi escepticismo, poco a poco empecé a creer en mí. Me esmeraba por hacer las cosas bien en sus clases y poco a poco aplicaba ese mismo esfuerzo en el resto de mis clases.

Casi milagrosamente pasé de estar destinado a terminar secundaria y empezar a trabajar a entrar a la universidad, de ahí a un Máster en Estados Unidos y una vida completamente inesperada, gracias a las semillas de dos maestros que sabían que su misión era ayudar a los enfermos no a los sanos. Tanto fue mi agradecimiento que decidí convertirme en maestro, pues pensé “si sólo pudiera ayudar a un joven a encontrar su motivación en su vida sería feliz por el resto de mi vida”. Aquella motivación fue la que me llevó a la educación y ese es mi norte.

Mi pregunta hoy es ¿Estás atendiendo las necesidades de aquellos que más te necesitan o estás enfocándote solamente en aquellos que hacen tu trabajo más fácil? Seguir el modelo de Jesús como maestro no es fácil y requiere de un compromiso profundo con las personas a tu cargo. Te animo a que a partir de ahora veas a tus estudiantes como pacientes, algunos sólo necesitarán consejos, pero muchos necesitarán tratamiento personalizado y tus palabras de ánimo son la mejor medicina.

Friday, April 4, 2014

La aprobacion es la llave que necesitan tus estudiantes para cambiar su corazon


 
 
Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y he aquí, los cielos se abrieron, y el vio al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre El. Y he aquí, se oyó una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido mucho.

(Mateo 3: 16-17 LBLA)

Es interesante como Jesús comienza su ministerio solo después de recibir la aprobación de su Padre celestial. Hasta entonces, Jesús sabía que Dios le amaba, pero Dios consideró que era vital verbalizarlo, hacerle saber que era amado y aprobado. De igual manera nuestros estudiantes están necesitados de nuestra aprobación. Aunque no seamos sus padres, pero tenemos un papel de autoridad muy importante es sus vidas. Nuestra aprobación verbalizada puede ser la llave que ellos necesitan para cambiar el mundo, para creer en sí mismos.

Dios aprovechó la oportunidad no sólo de verbalizarlo sino de hacerlo públicamente. Quería que todos los presentes supieran que se sentía complacido con su hijo. Dar palabra de aprecio y aprobación en privado tiene un gran efecto, pero hacerlo en público es incluso más poderoso. Este principio lo entendió una maestra, la cual tenía en su clase de sexto grado a una niña muy tímida, reservada, siempre nerviosa e insegura. Un día estaba haciendo un examen de audición, para ver que tan buen oído tenían los niños. La maestra se sentaba en su escritorio y los niños caminaban despacio alejándose de ella hacia el final de la clase, mientras la maestra decía cosas al azahar tales como “el cielo es azul, las nubes son blancas, los pájaros vuelan…etc”. Cuando fue el turno de esta niña, ella comenzó a caminar alejándose de su maestra cuando ésta dijo “eres una niña muy hermosa”. La niña no se giró a pesar de que aquellas palabras la sorprendieron, causando un escalofrío por su cuerpo. “eres muy inteligente y trabajadora”. Los niños de la clase se miraban los unos a los otros preguntándose qué estaba pasando. La maestra prosiguió “ojalá fueras mi hija, me siento muy orgullosa de ti”. Lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de la niña mientras llegaba al final del salón. La maestra entonces se levantó y le dio un abrazo. Desde aquel día, la niña llegaba a la escuela con una nueva seguridad en sí misma, sus compañeros la respetaban y su autoestima se fortaleció no sólo en sus sucesivos años de escuela sino para el resto de su vida.

Esta maestra entendió que la aprobación de una figura paterna o mentora puede transformar el corazón de un niño o un adolescente de inseguro a seguro, de inestable a estable, de confundido a decidido y resuelto. Las palabras de aprobación son mucho más que simplemente palabras. Incluso Jesús necesitó escuchar esas palabras de su padre en el cielo para tomar la fuerza y la determinación necesaria para cumplir su misión. Si Dios consideró que era así de importante, cuanto más lo será para nuestros estudiantes. Tomemos la decisión hoy de que aprovecharemos nuestras oportunidades para derramar nuestras palabras de aprobación, de afecto y de orgullo sobre nuestros estudiantes.

Thursday, April 3, 2014

Aprende a sacudir el polvo de tus pies


 
Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies

(Mateo 10:4 LBLA)

Jesús sabía que no todo el mundo recibiría el mensaje de esperanza y sanación que él y sus discípulos traían, de manera que les advirtió no tomárselo personalmente cuando se encontraran con personas que los rechazaran. Sacudirse el polvo de los pies es una forma simbólica de dejar atrás lo ocurrido y continuar adelante sin perder el ánimo.

Como maestros, nos vamos a enfrentar con la misma situación. Habrá estudiantes quienes nos sigan y nuestras palabras causen un impacto transcendental en sus vidas. Sin embargo, habrá otros estudiantes que por más que nosotros tratemos de animarlos, invertir en ellos, depositar buenas cosas, no recibiremos más que apatía o falta de respeto. Tal y como dice Jesús, debemos sacudir el polvo de nuestros pies y proseguir con entusiasmo la misión que se nos ha encomendado.

Yo soy una persona naturalmente entusiasta y mi deseo es que todo el mundo aprenda y todo el mundo saque cosas positivas de mis lecciones. Sin embargo, pronto en mi carrera me encontré con estudiantes que simplemente no estaban interesados en aprender mi materia. Eso me consumía por dentro. Al ver su apatía, su falta de interés y su  actitud irrespetuosa me sentía ofendido. Poco a poco, esas ofensas se empezaron a manifestar en mensajes dirigidos a toda la clase, correos electrónicos instándolos a que tuvieran una actitud positiva. Pero al cabo de un tiempo la dinámica con toda la clase cambió. Por el desinterés de unos pocos mi personalidad y forma de actuar frente a la clase se había tornado más seria y exigente, simplemente porque fallé en este consejo que Jesús nos da. No supe sacudir el polvo de mis pies y dejé que una ofensa cambiara mi corazón hacia los demás.

La Biblia nos dice que sobre todas las cosas debes guardar tu corazón. Si permites que la ofensa de uno o dos estudiantes entren en tu corazón, éste empezará a cambiar negativamente. Por eso debemos ser rápidos en perdonar, lentos para enojarnos e implacables para no dejar entrar ofensas en nuestro corazón.

Lo mejor que podemos hacer con un estudiante así es dejarlo ser quien es, respetarlo como persona, disciplinarlo como estudiante y dejar que él mismo tome la responsabilidad. Yo soy muy paciente con este tipo de estudiantes y les hago saber que creo en ellos. A algunos incluso les comparto mi experiencia en el instituto y les cuento como no era un buen estudiante. A algunos les hace reaccionar, a otros los deja indiferentes. Pero, de nuevo, no dejo que me afecte. He aprendido a sacudir el polvo de mis pies y seguir dando mis lecciones sin que mi ánimo ni entusiasmo decaigan.  

Wednesday, April 2, 2014

Para enseñar lo verdaderamente esencial no necesitas recursos, tan sólo esperanza.


 
Y los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar a los enfermos y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan ni dinero; ni tengáis dos túnicas cada uno.

(Lucas 9:2-3 LBLA)

Jesús envía a sus discípulos a proclamar las buenas noticias, es decir, dar un mensaje de esperanza y de gracia a aquellos que más lo necesitan, así como a sanar a los enfermos, aquellos que padecen física o mentalmente de aflicciones. Jesús no les pide que lleven las escrituras, ni un botiquín, ni un método efectivo de cómo ganarse a la gente en menos de diez minutos. De hecho, les dice bien claro que no lleven nada, para que nada les estorbe en lo que es la misión más importante: dar esperanza y sanar a los enfermos.

Este principio es aplicable hoy día a la educación. La misión más importante que tenemos como educadores es extender gracia y esperanza a nuestros estudiantes, ayudarles a creer en sí mismos, fortalecer su carácter, ampliar su visión, hacerles soñar con un futuro lleno de posibilidades. Cuando ponemos ese mensaje como lo más importante, como la misión principal y se lo hacemos saber a ellos, sus “dolencias” o “enfermedades” (rebeldía, apatía, absentismo, desafío a la autoridad) comienzan a sanarse porque su corazón encuentra un propósito.

Como maestro, he asistido a varias conferencias de docentes aquí en el estado de Texas, de las cuales he presentado talleres sobre creatividad en el aula en muchas de ellas. En estas conferencias observo a los maestros en la búsqueda frenética de la última novedad (softwares, libros, tarjetas de vocabulario, juegos de mesa, marionetas, canciones, películas y un larguísimo etcétera) . Pensamos que esa novedad va a suplir las carencias afectivas de nuestra aula, que los estudiantes van a cambiar porque la dinámica se vuelve más entretenida. Pero la verdad más profunda es que los cambios substanciales sólo se producen en el corazón, no en el exterior. Y al corazón tan sólo lo cambia la esperanza, la fe en sí mismo. Nosotros, como maestros tenemos el poder y la capacidad de expresar esas palabras de vida sobre nuestros estudiantes.

Es por eso, que Jesús se aseguró de que sus discípulos no llevasen nada, para que su éxito no dependiera de ningún libro, de ningún método, ni argumento, o artimaña. Lo único que debemos llevar a la clase es la intención sincera y auténtica de ayudar a nuestros estudiantes a crecer como personas, a madurar en su camino a servirles en ese proceso. ¿Cómo hacerlo? Enseñando tu materia sobre la base de esperanza, es decir albergando una expectativa positiva de futuro para cada uno de ellos. Ese es el verdadero mensaje de la educación.

Tuesday, April 1, 2014

Dominar el arte de escuchar y preguntar



Y aconteció que después de tres días le hallaron en el temple, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que le oían estaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas.

(Lucas 2: 46-47 LBLA)

Jesús tan sólo tenía doce años cuando sus padres le perdieron de vista y después de tres días de buscar, lo hallaron hablando con los maestros de religión en el templo. A pesar de su corta edad Jesús entendió que un buen maestro no es el que habla mucho sino el que sabe escuchar y hace las preguntas acertadas. Y éste es el principio en el que me quiero enfocar hoy: nuestra capacidad como maestros de escuchar y preguntar para que nuestros estudiantes desarrollen su conocimiento.

No se trata de cuánto sabemos ni de lo bien que sepamos hablar, sino más bien se trata de dominar el arte de escuchar y preguntar en el preciso momento. Escuchar equivale a apreciar, cuando yo te doy mi atención indivisible, te estoy dando mi interés mi tiempo y en última instancia mi amor desinteresado. Lo opuesto también es cierto. Cuando alguien nos está hablando, pero estamos más pendientes del reloj, el teléfono, las personas que pasan o cualquier otra distracción, estamos diciendo que no es importante lo que me dices, no me interesa, y en última instancia no te estoy dando mi amor fraternal.

Igualmente importante son las preguntas correctas, pues estas son las que ayudan al estudiante a discernir la verdad. Nosotros no podemos darles todo hecho a nuestros estudiantes, si lo hacemos les estamos haciendo un flaco favor. Un buen maestro sabe cuándo callar para escuchar y cuando preguntar para hacer hablar. Jesús continuamente preguntaba a sus discípulos cosas que obviamente él ya sabía sin embargo, quería saber qué pensaban ellos.

Mi buen amigo y por un tiempo mentor David, tiene esa maravillosa característica personal de maestro. El tiene esa paciencia infinita, esa calma en su escucha, la cual solamente rompe para lanzar una pregunta que te lleva a indagar en lo más profundo de tu ser. Recuerdo un día que me reuní con él. Venía acelerado por las miles de cosas que estaban sucediendo en mi vida. Creo, sin duda que fue la época más ocupada que he pasado nunca: Estaba en medio de una mudanza, en plena organización de un intercambio cultural con una escuela española, tenía familiares quedándose en mi casa…Todo era caos. Cuando lo ví, él estaba sereno y sonriente y me preguntó cómo me iba todo. Yo aún con el ritmo frenético de los últimos días comencé a contarle toda la locura que rodeaban mis días. Al cabo de 15 minutos de hablar ininterrumpidamente, él me preguntó ¿Y cómo te sientes con todo eso? Comencé a explorar mi interior y a intentar explicarle sobre mi sentir. Cuando me vine a dar cuenta sus preguntas me habían llevado a hablar de cosas personales; la relación con mi padre, el estar separado de mi familia en España, mis sueños y expectativas de futuro…Sin darme cuenta me sentía completamente relajado, como si esa nube de caos que traía por mis circunstancias externas hubiera desaparecido. David, había conseguido llevarme desde el enfoque a las cosas de afuera, a la paz de mirar hacia adentro solamente escuchando y preguntando.

Si queremos realmente ayudar a crecer y a madurar a nuestros estudiantes es imprescindible que comencemos a cultivar el arte de escuchar y preguntar en el momento preciso para que nuestros estudiantes puedan desarrollarse naturalmente y quieran abrirse a nosotros. Sigamos el modelo de Jesús.