Y aconteció que después de tres días le hallaron en el temple, sentado en
medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que
le oían estaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas.
(Lucas 2: 46-47 LBLA)
Jesús tan sólo tenía doce años cuando sus
padres le perdieron de vista y después de tres días de buscar, lo hallaron
hablando con los maestros de religión en el templo. A pesar de su corta edad
Jesús entendió que un buen maestro no es el que habla mucho sino el que sabe escuchar y hace
las preguntas acertadas. Y éste es el principio en el que me quiero enfocar hoy: nuestra
capacidad como maestros de escuchar y preguntar para que nuestros estudiantes
desarrollen su conocimiento.
No se trata de cuánto sabemos ni de lo
bien que sepamos hablar, sino más bien se trata de dominar el arte de escuchar
y preguntar en el preciso momento. Escuchar equivale a apreciar, cuando yo te
doy mi atención indivisible, te estoy dando mi interés mi tiempo y en última
instancia mi amor desinteresado. Lo opuesto también es cierto. Cuando alguien
nos está hablando, pero estamos más pendientes del reloj, el teléfono, las
personas que pasan o cualquier otra distracción, estamos diciendo que no es
importante lo que me dices, no me interesa, y en última instancia no te estoy
dando mi amor fraternal.
Igualmente importante son las preguntas
correctas, pues estas son las que ayudan al estudiante a discernir la verdad.
Nosotros no podemos darles todo hecho a nuestros estudiantes, si lo hacemos les
estamos haciendo un flaco favor. Un buen maestro sabe cuándo callar para escuchar
y cuando preguntar para hacer hablar. Jesús continuamente preguntaba a sus discípulos
cosas que obviamente él ya sabía sin embargo, quería saber qué pensaban ellos.
Mi buen amigo y por un tiempo mentor
David, tiene esa maravillosa característica personal de maestro. El tiene esa
paciencia infinita, esa calma en su escucha, la cual solamente rompe para
lanzar una pregunta que te lleva a indagar en lo más profundo de tu ser.
Recuerdo un día que me reuní con él. Venía acelerado por las miles de cosas que
estaban sucediendo en mi vida. Creo, sin duda que fue la época más ocupada que
he pasado nunca: Estaba en medio de una mudanza, en plena organización de un
intercambio cultural con una escuela española, tenía familiares quedándose en
mi casa…Todo era caos. Cuando lo ví, él estaba sereno y sonriente y me preguntó
cómo me iba todo. Yo aún con el ritmo frenético de los últimos días comencé a
contarle toda la locura que rodeaban mis días. Al cabo de 15 minutos de hablar
ininterrumpidamente, él me preguntó ¿Y cómo te sientes con todo eso? Comencé a
explorar mi interior y a intentar explicarle sobre mi sentir. Cuando me vine a
dar cuenta sus preguntas me habían llevado a hablar de cosas personales; la
relación con mi padre, el estar separado de mi familia en España, mis sueños y
expectativas de futuro…Sin darme cuenta me sentía completamente relajado, como
si esa nube de caos que traía por mis circunstancias externas hubiera
desaparecido. David, había conseguido llevarme desde el enfoque a las cosas de
afuera, a la paz de mirar hacia adentro solamente escuchando y preguntando.
Si queremos realmente ayudar a crecer y a
madurar a nuestros estudiantes es imprescindible que comencemos a cultivar el
arte de escuchar y preguntar en el momento preciso para que nuestros
estudiantes puedan desarrollarse naturalmente y quieran abrirse a nosotros.
Sigamos el modelo de Jesús.

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