Y los fariseos y los escribas se quejaban a los discípulos de Jesús,
diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con los recaudadores de impuestos y con los
pecadores? Respondiendo Jesús les dijo: Los sanos no tienen necesidad de
médico, sino los que están enfermos.
(Lucas 5:30-31 LBLA)
El maestro de corazón
viene a ayudar precisamente a aquellos que no pueden ayudarse por sí mismos,
aquellos que más necesitan una guía, una mano amiga. Los buenos estudiantes
también necesitan a su maestro, sin embargo estos son más independientes, pues
tienen la motivación, la visión y las capacidades para triunfar en sus
estudios. Sin embargo, el mundo de la educación parece tener los valores a la
inversa. Los maestros favorecen a los estudiantes que hacen todo bien y
menosprecian a los que no entienden las cosas. Alaban al que entrega todas sus
tareas y castigan a los que consistentemente faltan a sus obligaciones.
Tristemente, he
escuchado a muchos maestros decir “yo explico mi lección y no me importan si prestan
o no prestan atención, en tanto no me molesten. Ahora si luego los que han
estado distraídos me preguntan obviamente no se lo voy a explicar otra vez,
pues deberían haber escuchado en su momento. Si pasan la prueba es cosas suya
no mía”. Este comentario, entristeció mi corazón, pues entiendo que es una
postura bastante extendida. Pero Jesús no viene a enseñar a aquellos que son
justos o piensan que lo son, sino a aquellos que son pecadores y saben que lo
son. En otras palabras, como maestros nosotros no venimos a ayudar a los que
son buenos o los que piensan que lo son, sino los que tienen carencias, y saben
que es así.
Como estudiante de
secundaria era un chico desmotivado por aprender, no tenía aliciente pues nunca
contemplé la idea de estudiar en la universidad. Sólo quería salir del trámite.
Me pasaba los días de clase dibujando y soñando con ser futbolista. Por las
tardes nunca hacía mi tarea, pues jugaba al fútbol con mis amigos hasta que se
hacía de noche. Pero llegaron dos maestros (Pepa Rico y Antonio Matás) que
vieron potencial en mí y comenzaron a animarme y a resaltar mis talentos. A
pesar de mi escepticismo, poco a poco empecé a creer en mí. Me esmeraba por
hacer las cosas bien en sus clases y poco a poco aplicaba ese mismo esfuerzo en
el resto de mis clases.
Casi milagrosamente
pasé de estar destinado a terminar secundaria y empezar a trabajar a entrar a
la universidad, de ahí a un Máster en Estados Unidos y una vida completamente
inesperada, gracias a las semillas de dos maestros que sabían que su misión era
ayudar a los enfermos no a los sanos. Tanto fue mi agradecimiento que decidí
convertirme en maestro, pues pensé “si sólo pudiera ayudar a un joven a
encontrar su motivación en su vida sería feliz por el resto de mi vida”.
Aquella motivación fue la que me llevó a la educación y ese es mi norte.
Mi pregunta hoy es
¿Estás atendiendo las necesidades de aquellos que más te necesitan o estás
enfocándote solamente en aquellos que hacen tu trabajo más fácil? Seguir el
modelo de Jesús como maestro no es fácil y requiere de un compromiso profundo
con las personas a tu cargo. Te animo a que a partir de ahora veas a tus
estudiantes como pacientes, algunos sólo necesitarán consejos, pero muchos
necesitarán tratamiento personalizado y tus palabras de ánimo son la mejor
medicina.

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