En una de las aldeas, Jesús conoció a un
hombre que tenía una lepra muy avanzada. Cuando el hombre vio a Jesús, se
inclinó rostro en tierra y le suplicó que lo sanara. -¡Señor!- le dijo, ¡si tú
quieres, puedes sanarme y dejarme limpio! Jesús extendió la mano y lo tocó: -Sí
quiero- dijo-. ¡Queda sano!
(Lucas 5: 12-13 NVT)
Seguramente aquel
hombre había pasado años sin recibir contacto humano. Su avanzada lepra le
había separado del mundo. La gente lo veía y se apartaba. Probablemente hasta
tuvo que separarse de su familia, por su propio bien. Atormentado acudió a
Jesús como último recurso. Tal vez esperaba que Jesús dijera las palabras, o
que le salpicara con agua sagrada. Pero en lugar de eso Jesús estiró su mano y
lo tocó. Aquel contacto humano fue lo que sano a este hombre. Eso era lo que
realmente necesitaba y anhelaba, la compasión y el amor de otra persona, que a
pesar de conocer su avanzada enfermedad, quisiera mostrarle su afecto.
Como el leproso hay
niños a nuestro alrededor que se sienten aislados, perdidos, confundidos. En la
época en la que vivimos, incluso los padres pierden la noción de lo que es
realmente esencial y pasan su tiempo con sus teléfonos o sus ordenadores. La
realidad familiar que eso genera son corazones sedientos de afecto auténtico,
contacto humano, interés incondicional. Si cómo Jesús extendemos nuestra mano a
aquellos que más lo necesitan sucederán milagros como éste que relata el
versículo de Lucas. Si somos sensibles a nuestro entorno podremos detectar esas
necesidades. Pero si sólo estamos pendientes de nuestra agenda, nuestras
necesidades y nuestro tiempo, terminaremos siendo como otro modelo más de
adulto robotizado que no es capaz de percibir la necesidad inherente al ser
humano de afecto, cariño y atención.
El pastor Joel Osteen
compartía una historia maravillosa. Dos bebés gemelos nacieron prematuros. Uno
de ellos nació con un estado de salud muy frágil. Ambos estaban en la
incubadora. Las constantes vitales de este bebé eran preocupantes. El bebé que
nació con una salud más fuerte, inconscientemente alzó su brazo y rodeó a su
hermano. El calor que éste produjo en el cuerpo del bebé enfermo ayudó a que
sus constantes vitales comenzaran a normalizarse. El hospital tomó una
instantánea del momento y llamarón a la foto “el abrazo del rescate”.
Estemos hoy alerta de
las necesidades a nuestro alrededor. Seamos sensibles a los jóvenes que anhelan
ser comprendidos o escuchados. Recordemos el poder del contacto físico, una
mano en el hombro, una palmada de ánimo o un afectuoso saludo pueden no
significa nada para nosotros, pero el mundo para el que lo recibe.

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