El primer día de la
fiesta de los panes sin levadura, se acercaron los discípulos a Jesús,
diciendo: ¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer la Pascua?
Y El respondió: Id a la ciudad, a cierto hombre, y decidle: “El Maestro dice: “Mi
tiempo está cerca; quiero celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos,”
Entonces los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la
Pascua. Al atardecer, estaba El sentado a la mesa con los doce.
(Mateo 26: 17-20
LBLA)
Lo que sucede aquella noche durante la
última cena con El Maestro cambiaría el curso de sus vidas. Jesús escogió
cuidadosamente el escenario para enseñar sus más valiosas lecciones. Primero,
se humilló ante ellos lavándoles los pies para demostrarles que el su verdadera
misión es venir a servir, y no a ser servido. Luego, les advirtió de los
corazones corruptos y reveló que uno de los discípulos le traicionaría.
Más tarde, anunció su muerte y les enseñó como rememorarlo haciendo la comunión partiendo el pan y veviendo el vino. Les dio
palabras de aliento y esperanza y finalmente los instó a amarse los unos a los
otros para que todos reconocieran que era discípulos suyos.
Sin duda, Jesús sabía que tenía pendientes
esas valiosas lecciones, sin embargo no se precipitó y espero al momento precioso,
con el escenario oportuno, y de la manera más efectiva. Las lecciones que
derramó Jesús aquella noche quedaron por siempre grabadas en los corazones de
sus discípulos: este principio pedagógico se llama aprendizaje vivencial. Es
decir, elegir un escenario y un momento preciso para enseñar algo, de manera
que su contenido se magnifica y se graba en la memoria del estudiante.
En las escrituras apenas si se describe a
Jesús en un salón de clase enseñando, algunas veces está en sinagogas, pero la
mayoría del tiempo El Maestro elige la naturaleza para dar lecciones
inolvidables a sus seguidores. El sermón de la montaña, la transfiguración, la
declaración de Pedro, la mujer que iba a ser juzgada por adulterio, el mensaje
desde la barca…todas y cada una de esas lecciones enraizadas en el aprendizaje
vivencial cambiaron la vida de sus oyentes para siempre.
Como maestros, nosotros estamos limitados a
usar nuestra aula la mayor parte del tiempo, sin embargo si podemos elegir
romper esa rutina para captar la atención de nuestros estudiantes. Sacarlos
afuera un hermoso día de primavera para hablarles de algo importante o
significativo. Llevarlos a un museo y allí enseñarles sobre arte. En la película "La Lengua de las Mariposas" el maestro Don Gregorio saca a su clase de ciencias durante la primavera a estudair la vida de los insectos. Allí, los niños aprenden todo tipo de lecciones sobre la naturaleza que los rodea. Uno de los estudiantes, el pequeño Moncho, se convierte en un discípulo. Es decir, tanto disfruta de las enseñanzas de Don Gregorio que se hacen íntimos amigos y le pide que le enseñe más sobre la naturaleza y la vida.
En mi caso,
yo organicé un intercambio a España, donde una vez allí pude enseñarles de
primera mano a mis estudiantes sobre la cultura, la historia y la lengua. Los
estudiantes que toman parte en una de esas experiencias cambian su actitud a la
materia de por vida. Llegan a clase con otra actitud, con una motivación
diferente. Y todo se debe al hecho de que preparamos concienzudamente un
escenario, un tiempo y una manera muy especial de enseñar una lección.

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