Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y he aquí,
los cielos se abrieron, y el vio al Espíritu de Dios que descendía como una
paloma y venía sobre El. Y he aquí, se oyó una voz de los cielos que decía:
Este es mi Hijo amado en quien me he complacido mucho.
(Mateo 3: 16-17 LBLA)
Es interesante como
Jesús comienza su ministerio solo después de recibir la aprobación de su Padre
celestial. Hasta entonces, Jesús sabía que Dios le amaba, pero Dios consideró
que era vital verbalizarlo, hacerle saber que era amado y aprobado. De igual
manera nuestros estudiantes están necesitados de nuestra aprobación. Aunque no
seamos sus padres, pero tenemos un papel de autoridad muy importante es sus
vidas. Nuestra aprobación verbalizada puede ser la llave que ellos necesitan
para cambiar el mundo, para creer en sí mismos.
Dios aprovechó la
oportunidad no sólo de verbalizarlo sino de hacerlo públicamente. Quería que
todos los presentes supieran que se sentía complacido con su hijo. Dar palabra
de aprecio y aprobación en privado tiene un gran efecto, pero hacerlo en
público es incluso más poderoso. Este principio lo entendió una maestra, la cual
tenía en su clase de sexto grado a una niña muy tímida, reservada, siempre
nerviosa e insegura. Un día estaba haciendo un examen de audición, para ver que
tan buen oído tenían los niños. La maestra se sentaba en su escritorio y los
niños caminaban despacio alejándose de ella hacia el final de la clase,
mientras la maestra decía cosas al azahar tales como “el cielo es azul, las
nubes son blancas, los pájaros vuelan…etc”. Cuando fue el turno de esta niña,
ella comenzó a caminar alejándose de su maestra cuando ésta dijo “eres una niña muy hermosa”. La niña no
se giró a pesar de que aquellas palabras la sorprendieron, causando un
escalofrío por su cuerpo. “eres muy
inteligente y trabajadora”. Los niños de la clase se miraban los unos a los
otros preguntándose qué estaba pasando. La maestra prosiguió “ojalá fueras mi hija, me siento muy
orgullosa de ti”. Lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de la niña
mientras llegaba al final del salón. La maestra entonces se levantó y le dio un
abrazo. Desde aquel día, la niña llegaba a la escuela con una nueva seguridad
en sí misma, sus compañeros la respetaban y su autoestima se fortaleció no sólo
en sus sucesivos años de escuela sino para el resto de su vida.
Esta maestra entendió que la aprobación
de una figura paterna o mentora puede transformar el corazón de un niño o un
adolescente de inseguro a seguro, de inestable a estable, de confundido a
decidido y resuelto. Las palabras de aprobación son mucho más que simplemente
palabras. Incluso Jesús necesitó escuchar esas palabras de su padre en el cielo
para tomar la fuerza y la determinación necesaria para cumplir su misión. Si
Dios consideró que era así de importante, cuanto más lo será para nuestros
estudiantes. Tomemos la decisión hoy de que aprovecharemos nuestras
oportunidades para derramar nuestras palabras de aprobación, de afecto y de
orgullo sobre nuestros estudiantes.

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