Y los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar a los enfermos y les
dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan ni dinero;
ni tengáis dos túnicas cada uno.
(Lucas 9:2-3 LBLA)
Jesús envía a sus discípulos a proclamar
las buenas noticias, es decir, dar un mensaje de esperanza y de gracia a aquellos
que más lo necesitan, así como a sanar a los enfermos, aquellos que padecen
física o mentalmente de aflicciones. Jesús no les pide que lleven las escrituras,
ni un botiquín, ni un método efectivo de cómo ganarse a la gente en menos de
diez minutos. De hecho, les dice bien claro que no lleven nada, para que nada
les estorbe en lo que es la misión más importante: dar esperanza y sanar a los
enfermos.
Este principio es aplicable hoy día a la
educación. La misión más importante que tenemos como educadores es extender
gracia y esperanza a nuestros estudiantes, ayudarles a creer en sí mismos,
fortalecer su carácter, ampliar su visión, hacerles soñar con un futuro lleno de
posibilidades. Cuando ponemos ese mensaje como lo más importante, como la
misión principal y se lo hacemos saber a ellos, sus “dolencias” o “enfermedades”
(rebeldía, apatía, absentismo, desafío a la autoridad) comienzan a sanarse
porque su corazón encuentra un propósito.
Como maestro, he asistido a varias
conferencias de docentes aquí en el estado de Texas, de las cuales he
presentado talleres sobre creatividad en el aula en muchas de ellas. En estas
conferencias observo a los maestros en la búsqueda frenética de la última
novedad (softwares, libros, tarjetas de vocabulario, juegos de mesa,
marionetas, canciones, películas y un larguísimo etcétera) . Pensamos que esa
novedad va a suplir las carencias afectivas de nuestra aula, que los
estudiantes van a cambiar porque la dinámica se vuelve más entretenida. Pero la
verdad más profunda es que los cambios substanciales sólo se producen en el
corazón, no en el exterior. Y al corazón tan sólo lo cambia la esperanza, la fe
en sí mismo. Nosotros, como maestros tenemos el poder y la capacidad de expresar esas palabras de vida sobre nuestros estudiantes.
Es por eso, que Jesús se aseguró de que
sus discípulos no llevasen nada, para que su éxito no dependiera de ningún
libro, de ningún método, ni argumento, o artimaña. Lo único que debemos llevar
a la clase es la intención sincera y auténtica de ayudar a nuestros estudiantes
a crecer como personas, a madurar en su camino a servirles en ese proceso. ¿Cómo
hacerlo? Enseñando tu materia sobre la base de esperanza, es decir
albergando una expectativa positiva de futuro para cada uno de ellos. Ese es el
verdadero mensaje de la educación.

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