Wednesday, April 2, 2014

Para enseñar lo verdaderamente esencial no necesitas recursos, tan sólo esperanza.


 
Y los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar a los enfermos y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan ni dinero; ni tengáis dos túnicas cada uno.

(Lucas 9:2-3 LBLA)

Jesús envía a sus discípulos a proclamar las buenas noticias, es decir, dar un mensaje de esperanza y de gracia a aquellos que más lo necesitan, así como a sanar a los enfermos, aquellos que padecen física o mentalmente de aflicciones. Jesús no les pide que lleven las escrituras, ni un botiquín, ni un método efectivo de cómo ganarse a la gente en menos de diez minutos. De hecho, les dice bien claro que no lleven nada, para que nada les estorbe en lo que es la misión más importante: dar esperanza y sanar a los enfermos.

Este principio es aplicable hoy día a la educación. La misión más importante que tenemos como educadores es extender gracia y esperanza a nuestros estudiantes, ayudarles a creer en sí mismos, fortalecer su carácter, ampliar su visión, hacerles soñar con un futuro lleno de posibilidades. Cuando ponemos ese mensaje como lo más importante, como la misión principal y se lo hacemos saber a ellos, sus “dolencias” o “enfermedades” (rebeldía, apatía, absentismo, desafío a la autoridad) comienzan a sanarse porque su corazón encuentra un propósito.

Como maestro, he asistido a varias conferencias de docentes aquí en el estado de Texas, de las cuales he presentado talleres sobre creatividad en el aula en muchas de ellas. En estas conferencias observo a los maestros en la búsqueda frenética de la última novedad (softwares, libros, tarjetas de vocabulario, juegos de mesa, marionetas, canciones, películas y un larguísimo etcétera) . Pensamos que esa novedad va a suplir las carencias afectivas de nuestra aula, que los estudiantes van a cambiar porque la dinámica se vuelve más entretenida. Pero la verdad más profunda es que los cambios substanciales sólo se producen en el corazón, no en el exterior. Y al corazón tan sólo lo cambia la esperanza, la fe en sí mismo. Nosotros, como maestros tenemos el poder y la capacidad de expresar esas palabras de vida sobre nuestros estudiantes.

Es por eso, que Jesús se aseguró de que sus discípulos no llevasen nada, para que su éxito no dependiera de ningún libro, de ningún método, ni argumento, o artimaña. Lo único que debemos llevar a la clase es la intención sincera y auténtica de ayudar a nuestros estudiantes a crecer como personas, a madurar en su camino a servirles en ese proceso. ¿Cómo hacerlo? Enseñando tu materia sobre la base de esperanza, es decir albergando una expectativa positiva de futuro para cada uno de ellos. Ese es el verdadero mensaje de la educación.

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