Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa
casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies
(Mateo 10:4 LBLA)
Jesús sabía que no todo el mundo
recibiría el mensaje de esperanza y sanación que él y sus discípulos traían, de
manera que les advirtió no tomárselo personalmente cuando se encontraran con
personas que los rechazaran. Sacudirse el polvo de los pies es una forma
simbólica de dejar atrás lo ocurrido y continuar adelante sin perder el ánimo.
Como maestros, nos vamos a enfrentar con
la misma situación. Habrá estudiantes quienes nos sigan y nuestras palabras
causen un impacto transcendental en sus vidas. Sin embargo, habrá otros
estudiantes que por más que nosotros tratemos de animarlos, invertir en ellos,
depositar buenas cosas, no recibiremos más que apatía o falta de respeto. Tal y
como dice Jesús, debemos sacudir el polvo de nuestros pies y proseguir con
entusiasmo la misión que se nos ha encomendado.
Yo soy una persona naturalmente
entusiasta y mi deseo es que todo el mundo aprenda y todo el mundo saque cosas
positivas de mis lecciones. Sin embargo, pronto en mi carrera me encontré con
estudiantes que simplemente no estaban interesados en aprender mi materia. Eso
me consumía por dentro. Al ver su apatía, su falta de interés y su actitud irrespetuosa me sentía ofendido. Poco
a poco, esas ofensas se empezaron a manifestar en mensajes dirigidos a toda la
clase, correos electrónicos instándolos a que tuvieran una actitud positiva.
Pero al cabo de un tiempo la dinámica con toda la clase cambió. Por el
desinterés de unos pocos mi personalidad y forma de actuar frente a la clase se
había tornado más seria y exigente, simplemente porque fallé en este consejo
que Jesús nos da. No supe sacudir el polvo de mis pies y dejé que una ofensa
cambiara mi corazón hacia los demás.
La Biblia nos dice que sobre todas las
cosas debes guardar tu corazón. Si permites que la ofensa de uno o dos
estudiantes entren en tu corazón, éste empezará a cambiar negativamente. Por
eso debemos ser rápidos en perdonar, lentos para enojarnos e implacables para
no dejar entrar ofensas en nuestro corazón.
Lo mejor que podemos hacer con un
estudiante así es dejarlo ser quien es, respetarlo como persona, disciplinarlo
como estudiante y dejar que él mismo tome la responsabilidad. Yo soy muy
paciente con este tipo de estudiantes y les hago saber que creo en ellos. A
algunos incluso les comparto mi experiencia en el instituto y les cuento como
no era un buen estudiante. A algunos les hace reaccionar, a otros los deja
indiferentes. Pero, de nuevo, no dejo que me afecte. He aprendido a sacudir el
polvo de mis pies y seguir dando mis lecciones sin que mi ánimo ni entusiasmo
decaigan.

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