Thursday, April 3, 2014

Aprende a sacudir el polvo de tus pies


 
Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies

(Mateo 10:4 LBLA)

Jesús sabía que no todo el mundo recibiría el mensaje de esperanza y sanación que él y sus discípulos traían, de manera que les advirtió no tomárselo personalmente cuando se encontraran con personas que los rechazaran. Sacudirse el polvo de los pies es una forma simbólica de dejar atrás lo ocurrido y continuar adelante sin perder el ánimo.

Como maestros, nos vamos a enfrentar con la misma situación. Habrá estudiantes quienes nos sigan y nuestras palabras causen un impacto transcendental en sus vidas. Sin embargo, habrá otros estudiantes que por más que nosotros tratemos de animarlos, invertir en ellos, depositar buenas cosas, no recibiremos más que apatía o falta de respeto. Tal y como dice Jesús, debemos sacudir el polvo de nuestros pies y proseguir con entusiasmo la misión que se nos ha encomendado.

Yo soy una persona naturalmente entusiasta y mi deseo es que todo el mundo aprenda y todo el mundo saque cosas positivas de mis lecciones. Sin embargo, pronto en mi carrera me encontré con estudiantes que simplemente no estaban interesados en aprender mi materia. Eso me consumía por dentro. Al ver su apatía, su falta de interés y su  actitud irrespetuosa me sentía ofendido. Poco a poco, esas ofensas se empezaron a manifestar en mensajes dirigidos a toda la clase, correos electrónicos instándolos a que tuvieran una actitud positiva. Pero al cabo de un tiempo la dinámica con toda la clase cambió. Por el desinterés de unos pocos mi personalidad y forma de actuar frente a la clase se había tornado más seria y exigente, simplemente porque fallé en este consejo que Jesús nos da. No supe sacudir el polvo de mis pies y dejé que una ofensa cambiara mi corazón hacia los demás.

La Biblia nos dice que sobre todas las cosas debes guardar tu corazón. Si permites que la ofensa de uno o dos estudiantes entren en tu corazón, éste empezará a cambiar negativamente. Por eso debemos ser rápidos en perdonar, lentos para enojarnos e implacables para no dejar entrar ofensas en nuestro corazón.

Lo mejor que podemos hacer con un estudiante así es dejarlo ser quien es, respetarlo como persona, disciplinarlo como estudiante y dejar que él mismo tome la responsabilidad. Yo soy muy paciente con este tipo de estudiantes y les hago saber que creo en ellos. A algunos incluso les comparto mi experiencia en el instituto y les cuento como no era un buen estudiante. A algunos les hace reaccionar, a otros los deja indiferentes. Pero, de nuevo, no dejo que me afecte. He aprendido a sacudir el polvo de mis pies y seguir dando mis lecciones sin que mi ánimo ni entusiasmo decaigan.  

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