Y le traían niños para que los tocara; y los discípulos los reprendieron.
Pero cuendo Jesús vio esto, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a
mí; no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios. En
verdad os digo: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en
él. Y tomándolos en sus brazos, los bendecía, poniendo las manos sobre ellos.
(Marcos 10:13-14 LBLA)
Jesús tenía realmente
un corazón de maestro. Si hay algo que le gustaba era estar rodeado de
niños. En ellos Jesús veía pureza,
inocencia, alegría y receptividad para recibir el mensaje que gracia que traía
al mundo. El maestro de corazón siente alegría genuina de estar rodeado de
niños, porque no sólo es parte de su profesión, sino que es gran parte de su
vida. Sin embargo, hay personas que entran a la profesión de maestros teniendo
casi fobia a estar con niños. Nada más que disfrutan sus momentos a solas en su
oficina corrigiendo en la paz y la tranquilidad de la soledad.
Jesús nos enseña que
un maestro de corazón es aquel que disfruta de la presencia de la gente, que
sabe vivir rodeado de personas, perfectas o imperfectas. Sus enseñanzas nos
muestran cómo amar a los que son difíciles de amar, como perdonar aunque a
veces no entendamos a los que nos ofenden, a tratar a los demás igual que nos
gustaría ser tratados a nosotros. La mayoría de las enseñanzas de Jesús son
horizontales, es decir, para ayudarnos a relacionarnos mejor con nuestros
semejantes. Sin embargo aquí da una clave muy interesante de sus enseñanzas
verticales, es decir aquellas que nos unen a lo divino. Jesús dice que solamente
aquellos que tengan corazón de niño podrán entrar en el reino de Dios. En otras
palabras, tan sólo aquellos adultos que se despojen de su dureza de corazón
emocional y abracen la inocencia, la pureza y la transparencia de un niño
entenderán el mensaje completo de sus enseñanzas.
¿Cómo puede un maestro
amar más a los niños? Volviéndose él mismo como uno de esos niños. El maestro
que nunca deja de ser un niño de corazón puro y limpio, no puede entenderlos y
por lo tanto no anhela estar rodeado de ellos. Convertirse en niño implica
dejar todos los prejuicios, las ideas preconcebidas, nuestras leyes y
regulaciones estrictas, nuestra demanda de ser respetados por nuestros galones.
En lugar de eso, convertirse en niño supone tener el valor de ser quien eres
realmente, mostrarte vulnerable y transparente con tus estudiantes.
Sigamos hoy el modelo
de Jesús, siendo maestros que disfrutamos de la presencia de nuestros
estudiantes, estando presente en cada momento del día, dejando que se acerquen
a nosotros para escucharlos, bendecirlos con nuestras palabras de ánimo y
acompañarlos en su camino.

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