Y Jesús iba por toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y proclamando el
evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo
(Mateo 4:23 LBLA)
En el tiempo de Jesús, los fariseos
enseñaban la ley y advertían que aquel que no la siguiera caería en pecado y
por tanto en condenación de Dios. Jesús sin embargo, enseñaba sobre Dios y después
daba buenas noticias, es decir un mensaje de gracia y de esperanza. Esa semilla de esperanza en los corazones de
las personas era la que lograba sanarlas de sus dolencias.
¿Qué tiene esto que ver con la educación?
Preguntarás. Muy sencillo. Si seguimos el modelo de los fariseos, enseñaremos
condenación. Es decir, establecemos nuestras reglas primero, enseñamos la
materia, ponemos las exigencias y a partir de ahí habrán dos tipos de
estudiantes: los que las cumplen y los que no. Como maestros de la ley,
ensalzamos a los que la superan y condenamos a los que la incumplen. Ese
sentimiento de culpa no les ayuda a sanar sus dolencias. Aquí me refiero con dolencias a los patrones establecidos de conducta (resistencia a la autoridad,
rebeldía, falta de concentración…etc..) El estudiante sigue cargando con su “enfermedad”
y nosotros nunca fuimos la cura para traer una solución al problema.
Pero si en lugar de ese modelo
tradicional seguimos el modelo de Jesús, enseñaremos nuestra materia sobre la
base de la gracia, incorporando a nuestra clase mensajes de aliento, buenas
noticias, fe y un futuro brillante a cada uno de nuestros estudiantes, pero
especialmente a aquellos que más lo necesitan, no necesariamente los que más se lo
merecen. Si practicamos la gracia con ellos, la comprensión y la empatía,
entonces estaremos preparando su corazón para recibir sanación. Cuando por su
falta de esfuerzo reciben ánimo, surge un deseo auténtico de cambiar. Cuando
por su rebeldía reciben afecto, emerge un sentimiento sincero de cambio: en
efecto, se produce la sanación de su corazón.
Es fácil alabar a aquellos que hacen lo
que deben hacer, pero se requiere un maestro de corazón para alentar a aquel
que a pesar de su actuación da gracia y amor incondicional, independientemente
de sus resultados. Un famoso entrenador de la NBA se encontraba en una rueda de prensa
cuando un periodista no pudo evitar preguntarle: “Con el tiempo de observarle,
he notado que usted nunca celebra las victorias ni las buenas jugadas de sus
jugadores. A penas les da una palmada en el hombro. Sin embargo, hoy su equipo perdió por un tiro decisivo que
su jugador principal falló en el último segundo. Inmediatamente, usted se fue a abrazarlo y
a consolarlo ¿por qué hizo esto? El entrenador tomó unos segundos y respondió:
Cuando mis jugadores lo hacen bien, no me necesitan a mí, tienen al público,
miles de personas animándoles. Sin embargo, cuando fallan es cuando más debo
estar allí con ellos. Debo asegurarme de que no pierden su confianza e si
mismos. Mi misión es devolvérsela recordándoles la fe que tengo en ellos.
Como este sabio entrenador, nuestra misión
es la de cubrir los errores de nuestros estudiantes, como lo hizo Jesús nuestro
papel es enseñar sobre la base de la gracia y el amor y esto producirá sanación
en nuestros estudiantes. Autoestimas quebradas por años se recompondrán corazones inseguros se estableceran, sueños impensables se harán realidad, todo porque alguien creyó en ellos y se tomó el tiempo de expresárselo. Seamos parte de la solución y no del problema.

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