Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi
iglesia.
(Mateo16:18 LBLA)
Es curioso porque de todos los discípulos
Pedro es el más inestable e impulsivo. Si yo tuviera que elegir un líder para
sucederme en mi empresa Simón sería la última persona en la que yo pensaría.
Siempre hablaba antes de pensar, era de temperamento acalorado y con poca
paciencia. De hecho, poco después de que Jesús le declarase la roca sobre la
que fundaría su iglesia, Pedro negó a su buen maestro y amigo, no una sino tres
veces.
Sin embargo, Jesús vio su corazón. Él
pudo ver que en su futuro había algo diferente a su pasado, vio sus
posibilidades y no sus debilidades. Por eso le cambió su nombre, de Simón (hoja
de hierba) por Pedro (piedra). Jesús quería cambiar su nombre porque sabía que
Pedro no cambiaría de la noche a la mañana y que todavía mostraría su lado más
humano e imperfecto.
Jesús vio con ojos de fe a Simón y lo
llamó Pedro, y aún fue más lejos y lo nombró la piedra sobre la que edificaría
su iglesia. Es decir, Jesús llamó lo que no era como si ya fuera. El principio
pedagógico detrás de este pasaje es muy poderoso. Como maestros debemos mirar
no a la actuación de nuestros estudiantes sino a su corazón. Mirando hacia el
futuro, con ojos de fe debemos declarar algo bueno en su futuro. Cuando lo
hacemos algo sucede en su interior. Aunque con los años sigan mostrando los
mismos patrones de impulsividad, distracción o falta de atención su corazón
está germinando una semilla que se habló tiempo atrás. Y es sólo cuestión de
tiempo que esa semilla se convierta en un fruto.
Como maestros podemos imitar el modelo de
Jesús declarando un futuro prometedor sobre la vida de nuestros estudiantes,
independientemente de su actuación actual. Si miramos a su corazón y vemos sus
posibilidades y no sus debilidades.
Yo soy un vivo ejemplo de esa práctica,
pues yo era un mal estudiante. Repetí dos años en secundaria, pero aun así tuve
dos maestros (Antonio Matás y Pepa Rico) que se atrevieron a llamarme
talentoso, creativo, diligente, enfocado, cuando yo no veía nada de eso. Nadie
pensaba que llegaría a la universidad pero llegué, gracias a una nueva
motivación nacida de su depósito de fe en mí. Terminé la universidad y proseguí
con mi Máster en EEUU. Hoy día puedo decir, que lo que hicieron mis maestros no
les costó dinero, no les llevó mucho tiempo, solamente lo hicieron sinceramente
desde el fondo de su corazón. Sin embargo, los resultados de esas palabras de
esperanza cambiaron mi vida para siempre.
Así que os animo a que llaméis a aquello que no es como si lo fuera, os
animo a mirar al corazón de vuestros estudiantes y no a sus resultados.

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