Aquel que tiene
corazón de maestro busca ocasiones para enseñar lecciones de por vida. Es
increíble para mí pensar que las lecciones que Jesús plantó en los corazones de
sus discípulos duraron en su retina toda una vida, transformándola de una
manera irreversible. Mateo no escribió su evangelio hasta el 60 o el 65 D.C.
Marcos escribió suyo entre el 55 y el 65 D.C. Lucas, doctor de profesión,
decidió escribir su evangelio en el 60 D.C. El último en sumarse a contar la
historia de Jesús fue Juan, el discípulo amado, casi 90 años después de la
muerte de su querido maestro!!
Las huellas que
dejaron las enseñanzas de Jesús marcaron la vida de estos hombres para siempre.
Hasta el punto de recordar palabra por palabra cada una de las lecciones que de
él recibieron. Jesús siempre buscó el momento adecuado, el lugar preciso y la
persona que más necesitaba escuchar la lección que él tenía para sus
discípulos. Las palabras de Jesús están cargadas de significado, autoridad,
sabiduría y sobre todo amor.
Como maestros podemos
sentirnos limitados en nuestra habilidad de impactar la vida de nuestros
estudiantes de esa manera. Pero a veces las cosas que menos podemos imaginar
pueden cambiar una vida. El pastor Joel Osteen, contaba una vez esta
emocionante historia. La Sra. Thompson enseñaba su última clase de la tarde.
Los estudiantes estaban revueltos y con pocas ganas de trabajar. Viendo ella su
estado de ánimo, decidió hacer algo diferente para dinamizar el ambiente. Les
dio una hoja de papel y les dijo que escribieran su nombre en la parte de
arriba. Después pidió que pasasen las hojas por cada uno de los estudiantes,
los cuales debían escribir algo positivo que veían en la persona cuyo nombre se
hallaba en la hoja.
En la clase se podía
sentir la emoción y las risas mientras las hojas pasaban de mano en mano. Al
finalizar la actividad, la Sra. Thompson recogió las hojas y se las llevó a
casa para pasarlas a limpio. Al día siguiente le entregó a cada niño su carta
perfectamente escrita en un documento bellamente decorado. Los estudiantes
leyeron atónitos las cosas que sus compañeros habían dicho de ellos. Algunos no
podían salir de su asombro. “Wow, no sabía que mis compañeros pensaban eso de
mí”, dijo uno de los chicos sorprendido.
Casi 20 años más
tarde, la Sra. Thompson recibió un e-mail de que Jerry, uno de los chicos que
se hallaba en esa clase, había fallecido trágicamente en combate. La familia la
invitaba a su funeral. La Sra. Thompson lloró al conocer la noticia y se
presentó a la ceremonia con enorme tristeza en el corazón. Cuando llegó a la
casa, su familia, la recibió con gran afecto y cariño. Para sorpresa de la Sra.
Thompson la mayoría de los muchachos de aquella clase estaban en el funeral. La
mamá de Jerry sacó una hoja de papel arrugada y doblada y se la entregó a la
Sra. Thompson diciéndole “Jerry hubiera querido que usted tuviera esto”. La
Sra. Thompson abrió la carta y lágrimas rodaron por su mejilla al comprobar que
se trataba de la carta que había escrito aquel día. Poco a poco, el resto de
los muchachos de la clase comenzaron a sacar de sus billeteras y bolsos la
misma hoja que guardaban desde aquel día. La Sra. Thompson no pudo contener las
lágrimas de emoción de comprobar lo que una sola actividad causó en las vidas
de sus estudiantes.
Nosotros no sabemos
que es lo que va a impactar las vidas de nuestros estudiantes, pero sí que
debemos de empezar nuestro día con la seguridad de que todo lo que pasa en
nuestro salón da forma a las vidas y a los corazones de nuestros estudiantes.

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